El posible abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes, alias “El Mencho”, ha vuelto a encender una pregunta incómoda pero necesaria: ¿eliminar a un líder criminal realmente trae paz o solo reacomoda la violencia?
Para Ricardo Anaya Cortés, coordinador del grupo parlamentario del PAN en el Senado, la respuesta no es sencilla. El legislador reconoce que un operativo de esta magnitud representa un avance en el combate al crimen organizado, pero advierte que si no se desmantela por completo la estructura del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), el país podría enfrentarse a una nueva escalada de violencia.
La lección que México ya aprendió (y a veces olvida)
La historia reciente del país es clara: descabezar a un cártel no equivale a neutralizarlo. Anaya recuerda que, una y otra vez, la captura o abatimiento de capos ha provocado fracturas internas, luchas por el poder y disputas territoriales.
El ejemplo más emblemático es el de Miguel Ángel Félix Gallardo, cuya detención en 1989 fragmentó al Cártel de Guadalajara y dio paso a nuevas organizaciones como Sinaloa, Tijuana y Juárez. Le siguieron episodios similares tras la captura de Osiel Cárdenas Guillén en 2003, Alfredo Beltrán Leyva en 2008, y el abatimiento de Ignacio Coronel Villarreal en 2010. En todos los casos, la violencia no desapareció: se transformó.
El verdadero reto: ir más allá del líder
Desde esta perspectiva, el problema no es solo quién cae, sino qué permanece en pie. Anaya plantea que la prioridad debe ser una estrategia integral, capaz de:
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Desmantelar redes financieras y logísticas.
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Profundizar en inteligencia e investigación.
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Coordinar de forma real a autoridades de los tres niveles de gobierno.
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Romper cualquier vínculo entre estructuras criminales y servidores públicos.
Sin ese enfoque, advierte, el vacío de poder puede convertirse en el detonante de nuevas guerras internas por el control territorial.
Una advertencia que invita a reflexionar
El debate está abierto y es crucial. ¿Estamos frente a un golpe definitivo o ante el inicio de un reacomodo peligroso? La experiencia sugiere que la paz no llega solo con la caída de un nombre, sino con la reconstrucción profunda del Estado de derecho.
La pregunta final no es menor: ¿México está preparado para cerrar el ciclo completo o volverá a repetir la misma historia con distintos protagonistas?

